Microsoft se hunde en Bolsa ante el escepticismo sobre la rentabilidad de la IA

Última actualización: enero 30, 2026
Autor: Isaac
  • Microsoft sufre uno de sus mayores desplomes históricos tras presentar resultados que baten previsiones, pero revelan un gasto récord en centros de datos e IA.
  • Los inversores cuestionan que las gigantes tecnológicas vayan a recuperar pronto las inversiones masivas en inteligencia artificial, revalorizando a la baja al sector.
  • El capex de Microsoft se dispara hasta los 37.500 millones de dólares en el trimestre y las dudas sobre Azure y OpenAI presionan márgenes y valoración.
  • El castigo a Microsoft salpica al resto de las grandes tecnológicas y reactiva el debate sobre una posible burbuja en torno a la IA.

Caída de Microsoft en bolsa por dudas sobre la IA

La última tanda de resultados de Microsoft ha terminado convertida en un auténtico terremoto bursátil. Pese a presentar unas cuentas que, sobre el papel, superan las previsiones de los analistas, la reacción del mercado ha sido de ventas masivas y de un castigo histórico para el gigante del software.

Detrás de este giro inesperado en Wall Street late una preocupación muy concreta: la duda creciente sobre la capacidad de la inteligencia artificial para generar beneficios a la altura del dinero invertido. Las cifras son apabullantes, pero cada vez más inversores se preguntan si la apuesta multimillonaria por la IA se traducirá en retornos rápidos o si, simplemente, el sector se ha dejado llevar por el entusiasmo.

Un desplome histórico para Microsoft pese a batir expectativas

Las cifras del trimestre de Microsoft, cerradas a finales de diciembre, eran en apariencia impecables: los ingresos avanzaron alrededor de un 17% interanual hasta superar los 81.000 millones de dólares y el beneficio neto se disparó cerca de un 60%, hasta los 38.458 millones de dólares (unos 32.000 millones de euros). También el beneficio por acción (EPS) mejoró con claridad las previsiones habituales del mercado.

Aun así, el castigo ha sido fulminante. La acción llegó a desplomarse en torno a un 10%-12% en una sola sesión, lo que supuso borrar de un plumazo unos 357.000 millones de dólares de capitalización bursátil. Se trata de una de las mayores pérdidas de valor de la historia para una compañía cotizada en un único día, solo superada por el desplome de Nvidia tras el revuelo causado por el modelo de IA de bajo coste de la china DeepSeek.

En términos relativos, la caída diaria recuerda a los momentos más tensos de la pandemia de 2020 y al estallido de la burbuja puntocom a comienzos de los 2000. Desde sus máximos del pasado otoño, el valor de Microsoft ya acumulaba un retroceso superior al 20%, y este nuevo batacazo ha encendido todas las alarmas sobre si la euforia con la IA ha ido demasiado lejos.

La paradoja es evidente: Microsoft gana más que nunca, pero su cotización sufre uno de los correctivos más duros de su historia. La clave está en que los inversores, ahora, miran menos el trimestre y mucho más la factura de la inversión en inteligencia artificial y la velocidad a la que esa apuesta empieza a devolver dinero.

Inversores preocupados por la rentabilidad de la inteligencia artificial

El coste de liderar la carrera de la IA: un capex récord y presión sobre márgenes

El foco principal del malestar del mercado está en el capítulo de inversiones. El gasto de capital (capex) de Microsoft se disparó hasta un récord de 37.500 millones de dólares en el trimestre, un incremento del 66% respecto al mismo periodo del año anterior y claramente por encima de lo que descontaban los analistas.

Buena parte de ese esfuerzo se está destinando a construir y ampliar centros de datos y capacidad de cómputo para poder ofrecer servicios basados en IA a escala global, desde el entorno empresarial hasta el consumo masivo. El problema es que esa factura llega hoy, mientras que la monetización plena de esos servicios sigue siendo, en buena medida, una promesa a medio plazo.

Además, la compañía está cada vez más ligada a OpenAI. Solo en el trimestre, las ganancias contables derivadas de su participación en la empresa de Sam Altman se han cifrado en alrededor de 7.000 millones de dólares. Sin embargo, Microsoft ha asumido compromisos comerciales a futuro que superan los 100.000 millones de dólares en ventas ligadas a los modelos de IA de OpenAI, una concentración de riesgo que no pasa desapercibida.

Varios gestores llaman la atención sobre el hecho de que, sin el impacto puntual de OpenAI, la foto del beneficio recurrente es menos espectacular. Muchos analistas están utilizando el beneficio ajustado (no GAAP) para medir el pulso real del negocio, ya que ese indicador excluye parte de los efectos contables de la inversión en IA.

La consecuencia inmediata es una mayor presión sobre los márgenes. Firmas como Ameriprise señalan que el margen bruto de la nube cayó hasta el entorno del 67%-68%, el nivel más bajo en varios años, como reflejo directo de las fuertes inversiones en infraestructura. Aunque el margen operativo de grupo sigue siendo elevado -en torno al 45%-, el mercado teme que el coste de seguir en cabeza en la carrera por la IA pueda erosionar de forma prolongada la rentabilidad.

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Azure, la nube y la sensación de que el crecimiento ya no sorprende

La otra gran pata del desencanto se encuentra en la evolución de la nube. Azure, el negocio estrella dentro de la división de “Cloud inteligente”, continúa creciendo a ritmos cercanos al 38%-39% interanual (algo menos si se elimina el efecto de las divisas), una cifra que, vista aislada, sería envidiable para casi cualquier compañía.

El problema es que, para muchos grandes inversores, ese crecimiento ya no resulta tan espectacular en comparación con las expectativas que se habían montado alrededor de la IA. Durante varios trimestres, Azure venía acostumbrando al mercado a superar con holgura las guías oficiales de la compañía; ahora, las sorpresas positivas son más modestas, de apenas uno o dos puntos porcentuales.

Desde Deutsche Bank explican que la propia dirección de Microsoft ha admitido que parte de la capacidad de GPU que debería reforzar Azure se está destinando a proyectos internos de IA y a investigación y desarrollo, elevando las tensiones sobre la memoria RAM, priorizando áreas de mayor margen potencial en el largo plazo, pero sacrificando ingresos inmediatos en la división de nube.

JPMorgan coincide en este diagnóstico y subraya que, si toda la capacidad de cómputo que ha entrado en funcionamiento en los últimos trimestres se hubiera volcado directamente en Azure, el crecimiento podría haber superado el 40%. Esta decisión estratégica puede tener sentido en una visión de varios años, pero el mercado está penalizando el hecho de que esa apuesta reduce el margen para seguir sorprendiendo a corto plazo.

En paralelo, el resto de divisiones muestra un avance menos brillante. El área de informática personal y otros negocios más cíclicos llegó a retroceder en torno a un 2%-3%, con un comportamiento más flojo en segmentos como Xbox o Windows ligados al ciclo del consumo. Eso acentúa la dependencia de Microsoft de que la nube y la IA tiren del carro y justifiquen el enorme capex.

La rentabilidad de la IA, en el centro de las dudas del mercado

El castigo a Microsoft no se explica solo por sus cuentas, sino por un cambio más amplio en el ánimo de los inversores. Tras varios años de auténtica fiebre por la inteligencia artificial, el mercado está recalibrando sus expectativas sobre lo que esta tecnología puede aportar, en ingresos y beneficios, en los próximos ejercicios.

Voces como la de Matt Maley, estratega jefe de mercado en Miller Tabak, apuntan a que muchos inversores “se han dado cuenta de que no van a ganar tanto dinero con la IA como esperaban hace medio año”. El diagnóstico es contundente: el sector estaría “saturado” y los gestores estarían reequilibrando sus carteras, reduciendo peso en las grandes tecnológicas que habían liderado las subidas, incluidas las conocidas como “Siete Magníficas”.

Otros analistas, como Dennis DeBusschere, de 22V Research, recuerdan que la inversión masiva en IA se ha convertido en la variable clave para explicar las valoraciones bursátiles del sector tecnológico. Sin embargo, el vínculo entre capex y beneficios futuros no es tan evidente como se esperaba, especialmente cuando buena parte de los proyectos aún se encuentra en fase de despliegue o de adopción inicial por parte de empresas y usuarios.

A este contexto se suma un detalle nada menor: no toda la clientela está convencida de subirse al carro de la IA al ritmo que preveían las grandes tecnológicas. La propia Microsoft reconoce que algunas herramientas basadas en IA, como Copilot para Microsoft 365, avanzan con fuerza -ha alcanzado ya alrededor de 15 millones de usuarios de pago con crecimientos de tres dígitos-, pero también observa resistencia de parte de usuarios finales y empresas que, por principios o por prudencia, no terminan de adoptar estas soluciones.

El riesgo que empieza a contemplar el mercado no es tanto que la IA fracase, sino que el éxito sea mucho más modesto de lo prometido, insuficiente para justificar las cifras mareantes de inversión. En ese escenario, el retorno sobre el capital (ROI) podría quedarse corto, lo que obligaría a ajustar valoraciones y a revisar al alza el coste de oportunidad de seguir apostando a ciegas por la inteligencia artificial.

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Un tsunami de deuda corporativa para financiar la apuesta tecnológica

El debate sobre la IA no se limita al lado de la cuenta de resultados. También está cambiando la forma en que las compañías tecnológicas se financian. Los grandes grupos del sector se han lanzado a emitir bonos en masa para sufragar sus necesidades de inversión, aprovechando todavía unas condiciones relativamente favorables en los mercados de crédito.

Firmas como IBM ya han anunciado nuevas colocaciones de deuda, mientras que Meta y la propia Microsoft preparan emisiones adicionales, según fuentes del mercado recogidas por Bloomberg. Las emisiones de bonos de alta calidad se sitúan cerca de récords históricos, y los expertos anticipan que en los próximos meses podría vivirse otro pico de actividad, coincidiendo con la temporada de resultados y la definición de planes de inversión.

El estratega de renta fija de JPMorgan Nathaniel Rosenbaum calcula que las emisiones del sector software podrían rondar los 400.000 millones de dólares en el conjunto del año, un volumen que pone de manifiesto hasta qué punto el mercado de bonos está siendo uno de los grandes financiadores de la fiebre por la IA.

Pero aquí también han empezado a surgir recelos. Gestores como Matt Brill, responsable de bonos de alta calidad en Invesco, reclaman explicaciones más detalladas sobre cómo se financiarán esas inversiones y, sobre todo, cómo se piensa rentabilizarlas. La consigna es clara: ya no basta con mencionar la palabra “IA” para colocar deuda sin preguntas; los compradores de bonos quieren saber en qué exactamente se va a gastar el dinero.

En el trasfondo late el miedo a que las grandes tecnológicas estén “quemando” cantidades descomunales de efectivo en proyectos de infraestructura y servicios sin un plan de retorno suficientemente concreto. Si las cuentas de explotación no acompañan, el riesgo es que el endeudamiento se vuelva más pesado, especialmente si los tipos de interés se mantienen en niveles relativamente elevados en Europa y Estados Unidos durante más tiempo del previsto.

Efecto contagio: las “Siete Magníficas” bajo la lupa

El desplome de Microsoft no ha tenido lugar en el vacío. La onda expansiva se ha extendido rápidamente al resto de las grandes tecnológicas estadounidenses, con otras compañías clave de la revolución de la IA sufriendo también pérdidas significativas de valor de mercado.

En la misma sesión en que Microsoft se hundía, Alphabet y Nvidia llegaron a perder más de 100.000 millones de dólares de capitalización cada una, aunque en el caso de la matriz de Google el retroceso se moderó posteriormente hasta cerrar con un ligero avance. Nvidia, en cambio, quedó de nuevo bajo escrutinio después de que el año pasado protagonizara la mayor pérdida de valor en un día registrada hasta la fecha.

El listado de desplomes históricos da una idea de la dimensión del fenómeno: de las diez mayores caídas de capitalización en un solo día en la historia del mercado estadounidense, siete corresponden a Nvidia. A ese ránking se suman otros gigantes como Meta, Amazon, Apple o la propia Microsoft, todos ellos emblemas de la narrativa de crecimiento ligada a la tecnología y, en los últimos tiempos, a la IA.

La duda que sobrevuela ahora Wall Street y, por extensión, los mercados europeos es si estamos ante una corrección sana tras años de subidas desbocadas, o ante el pinchazo progresivo de una burbuja alimentada por expectativas irreales en torno a la inteligencia artificial. Las valoraciones de muchas de estas compañías se han sustentado en la promesa de que la IA abriría nuevas fuentes de ingresos casi inagotables; la evidencia actual, sin embargo, apunta a un camino más lento y con muchos más obstáculos de lo anunciado.

Fuera de Estados Unidos, también se han visto movimientos llamativos. Saudi Aramco llegó a perder más de 160.000 millones de dólares en una sola sesión en plena crisis del petróleo, mientras que Alibaba borró 75.000 millones en un día tras un anuncio regulatorio en China. Aunque estos casos no están ligados directamente a la IA, sirven de recordatorio de que incluso las mayores corporaciones del mundo pueden sufrir recortes de valoración abruptos cuando cambian las expectativas del mercado.

Europa y España miran de reojo: impacto indirecto pero creciente

Aunque el epicentro de este terremoto se encuentra en Wall Street, las bolsas europeas y, en particular, la española, siguen muy de cerca lo que ocurre con Microsoft y el resto de gigantes tecnológicos. El peso directo de estas compañías en los índices del Viejo Continente es limitado, pero su influencia sobre el apetito global por el riesgo es enorme.

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En índices como el EuroStoxx 50 o el DAX alemán, las caídas de las grandes tecnológicas estadounidenses suelen traducirse en presión bajista sobre las firmas europeas ligadas a semiconductores, software y servicios digitales. Empresas como ASML, SAP, Infineon o STMicroelectronics se ven arrastradas por el cambio de humor inversor, ya que buena parte de su crecimiento también depende del despliegue de la IA y de la demanda de capacidad de cómputo.

En España, el impacto se percibe sobre todo en la cotización de compañías tecnológicas de nicho y en el sentimiento hacia el sector tecnológico en general. Aunque el peso de la “tecnología pura” en el Ibex 35 es relativamente reducido, muchas empresas de telecomunicaciones, servicios de infraestructuras de datos y consultoría digital están directamente expuestas a los ciclos de inversión de los grandes proveedores globales.

Además, gestoras de fondos y planes de pensiones europeos con fuerte exposición a las “Siete Magníficas” han tenido que revisar sus carteras tras los últimos bandazos bursátiles. Esto repercute en la rentabilidad de productos de ahorro e inversión muy populares en España y en otros países de la UE, donde los ETF y fondos indexados ligados a la tecnología estadounidense han ganado un peso enorme en los últimos años.

La cuestión de fondo para el inversor europeo es si las valoraciones actuales de estos gigantes siguen justificadas en un entorno de tipos más altos, menor liquidez global y una IA que, de momento, no está generando la “lluvia de beneficios” prometida. Cada corrección fuerte reaviva el debate sobre si conviene mantener posiciones a largo plazo o si es momento de reducir exposición y esperar a precios más razonables.

Meta aguanta el tipo y muestra otra cara de la IA

En medio de este contexto de nervios, Meta Platforms se ha convertido en la excepción que confirma la regla. Mientras Microsoft sufría uno de sus peores días en Bolsa, la matriz de Facebook, WhatsApp e Instagram lograba avances significativos gracias a unos resultados que, sin ser espectaculares, han convencido al mercado.

La clave está en que Meta ha sabido demostrar de forma más inmediata cómo la IA puede mejorar su negocio principal: la publicidad digital. La compañía ha incrementado sus ingresos publicitarios con ayuda de algoritmos de recomendación más afinados y sistemas de segmentación que elevan la efectividad de los anuncios, lo que le ha permitido subir precios a la vez que aumenta la base de anunciantes.

Analistas como Xavier Wong, de eToro, destacan que Meta ha sido capaz de “monetizar” rápidamente la IA en su núcleo de negocio, mostrando mejoras tangibles en métricas clave como la interacción de los usuarios y el retorno de la inversión para los anunciantes. En otras palabras, la compañía no solo gasta en IA, sino que enseguida enseña dónde y cómo se traduce en más ingresos.

Eso no significa que no haya dudas. Meta ha anunciado un plan de capex muy agresivo para 2026, de entre 115.000 y 135.000 millones de dólares, destinado a construir uno de los mayores clústeres de computación de IA fuera de la nube tradicional. Algunos inversores, escarmentados por la experiencia previa con el Metaverso, temen que el ciclo de inversión vuelva a estirarse demasiado.

Sin embargo, por ahora el mercado concede a Meta el beneficio de la duda, porque el grueso de ese esfuerzo está ligado a reforzar un motor publicitario que ya funciona y que está demostrando capacidad para absorber la inversión. El contraste con Microsoft es evidente: donde una muestra resultados muy visibles de la IA en su negocio principal, la otra todavía tiene que convencer de que el esfuerzo masivo en centros de datos y cómputo se transformará en ingresos adicionales sostenibles.

En este entorno de alta volatilidad, el caso de Microsoft se ha convertido en un símbolo de la nueva fase que entra la inteligencia artificial en los mercados: una etapa en la que ya no basta con prometer revoluciones tecnológicas, sino que toca demostrar, con números sobre la mesa, que esa revolución se traduce en caja. Mientras tanto, los inversores, tanto en Estados Unidos como en Europa, se mueven con más cautela, dispuestos a castigar con dureza cualquier señal de que la factura de la IA crece más rápido que los beneficios que genera.

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