- Mustafa Suleyman, jefe de IA de Microsoft, prevé que la mayoría de tareas de oficina serán automatizadas en 12 a 18 meses.
- Abogados, contables, gestores de proyectos y profesionales de marketing figuran entre los más expuestos a la automatización.
- La IA pasará de ser herramienta de apoyo a ejecutor principal de flujos de trabajo completos, con humanos en rol de supervisión.
- El debate se centra en el impacto laboral, los límites éticos y la necesidad de nuevas regulaciones en Europa y el resto del mundo.

El máximo responsable de inteligencia artificial de Microsoft, Mustafa Suleyman, ha abierto un intenso debate sobre el futuro inmediato de empleos como la abogacía, la contabilidad o la gestión de proyectos. Sus declaraciones apuntan a un cambio muy acelerado: habla de un horizonte de apenas año y medio para que gran parte de las tareas de oficina queden en manos de sistemas de IA.
Lejos de plantear un escenario de ciencia ficción, Suleyman se centra en el trabajo cotidiano ante el ordenador: leer y responder correos, elaborar informes, revisar contratos, analizar datos o coordinar proyectos. Según su visión, la combinación de modelos de lenguaje avanzados y agentes autónomos hará que muchas de estas funciones se automaticen casi por completo.
La advertencia de Microsoft: la IA asumirá tareas clave en despachos y oficinas
En una entrevista con el Financial Times, Suleyman aseguró que la mayoría de las tareas que hoy desempeñan contables, abogados, gestores de proyectos y responsables de marketing será automatizada en un plazo de entre 12 y 18 meses. No se refiere solo a pequeños asistentes virtuales, sino a sistemas capaces de ejecutar de principio a fin procesos que ahora llevan horas de trabajo humano.
El perfil profesional que describe es muy reconocible en España y en el resto de Europa: trabajadores de oficina que pasan la jornada frente a la pantalla, procesando información, redactando documentos y tomando decisiones basadas en reglas y datos. Para el directivo, justo ese tipo de actividad es la más fácil de trasladar a algoritmos entrenados con grandes volúmenes de texto y registros históricos.
Suleyman sostiene que la humanidad entra en una fase nueva, en la que la IA deja de ser un mero apoyo y se convierte en el actor principal en muchos procesos. Habla de una automatización completa de clases enteras de empleos vinculados al conocimiento y al trabajo administrativo, algo que impactaría directamente en bufetes, asesorías, departamentos financieros y oficinas de todo tipo.
Sus palabras son especialmente sensibles en sectores muy regulados como el jurídico y el contable en la Unión Europea, donde la responsabilidad profesional, el secreto de la información y el cumplimiento normativo son pilares básicos. La pregunta que se abre es hasta qué punto las leyes actuales están preparadas para un escenario en el que gran parte del trabajo lo hace una máquina.
Según el directivo, quien base su jornada en abrir correos, gestionar tareas en un software de proyectos o producir informes repetitivos corre el riesgo de verse desplazado por herramientas de IA que ya muestran un rendimiento equiparable al humano en muchas de esas actividades.
De la asistencia al reemplazo: cambio de rol para abogados y contables
Una de las ideas más repetidas por Suleyman es que la IA alcanzará un rendimiento de nivel humano en casi cualquier tarea profesional realizada desde un ordenador en ese margen de 12 a 18 meses. Esto incluye desde la redacción de contratos estándar hasta la revisión preliminar de balances o la generación de borradores de dictámenes y estrategias de marketing.
Especialistas en tecnología consultados por distintos medios apuntan en el mismo sentido: las herramientas actuales ya redactan documentos jurídicos sencillos, analizan estados financieros básicos y preparan campañas publicitarias completas. La diferencia respecto a hace unos años es que estos sistemas empiezan a integrarse directamente en los flujos de trabajo corporativos.
Para el jefe de IA de Microsoft, el salto cualitativo no está solo en la calidad de lo que generan estos modelos, sino en el rol que ocupan. La IA pasará de ayudar al profesional a asumir la mayor parte del esfuerzo operativo, dejando a la persona en un papel de revisión, supervisión y toma de decisiones finales.
Este escenario obliga a replantear qué significa ejercer profesiones como el Derecho o la contabilidad en Europa. En vez de centrarse en tareas mecánicas, los abogados podrían concentrarse en la interpretación compleja, la estrategia procesal y la negociación, mientras que los contables se enfocarían en el análisis avanzado y el asesoramiento de alto nivel. El trabajo rutinario previo lo haría la IA.
La consultora McKinsey ya estimó en 2023 que alrededor del 45% de las actividades laborales existentes pueden automatizarse con la tecnología disponible. El dato no significa que casi la mitad de los empleos desaparezca de golpe, pero sí refuerza la idea de una transformación profunda de funciones y jerarquías dentro de empresas e instituciones.
La ingeniería de software como laboratorio del futuro laboral
Suleyman utiliza con frecuencia un ejemplo cercano a la industria tecnológica: la programación de software. En este ámbito, muchas compañías ya emplean herramientas de codificación asistida por IA que generan bloques enteros de código, sugieren soluciones y corrigen errores automáticamente.
Desarrolladores con experiencia señalan que el rol del ingeniero se ha desplazado hacia tareas de supervisión, diseño de arquitectura y validación. La máquina propone gran parte del código y el profesional se centra en confirmar que cumple los requisitos, que es seguro y que encaja con el resto del sistema.
Este patrón, según la visión del directivo de Microsoft, podría reproducirse en estudios jurídicos, despachos de asesoría fiscal o departamentos de marketing. En contabilidad, la IA podría encargarse de registrar operaciones, conciliar datos y preparar borradores de cuentas, mientras el humano decide sobre criterios y excepciones.
En el ámbito legal, los modelos generativos ya son capaces de redactar contratos estándar, revisar documentación extensa y detectar incoherencias o cláusulas problemáticas. El abogado pasaría a priorizar los casos complejos, la argumentación de fondo y la relación con el cliente.
En marketing, los algoritmos continuarían ganando peso en la producción masiva de textos, la segmentación de audiencias y el análisis de métricas, mientras los equipos humanos se ocuparían más de la propuesta de valor, el posicionamiento y la creatividad estratégica.
IA de nivel humano, pero sin ciencia ficción
Ante los debates sobre inteligencia artificial general o superinteligencia, Suleyman opta por una definición más pragmática. Para él, la clave no es tanto si la IA «piensa» como un humano, sino si puede realizar la mayoría de las tareas diarias que ejecuta un profesional medio en su puesto de trabajo.
Desde esta óptica, el foco se traslada de los escenarios futuristas a la productividad: si un sistema es capaz de elaborar informes, revisar documentos, organizar proyectos y responder consultas al nivel de un trabajador cualificado, el impacto real en el empleo ya está servido.
En los últimos meses, las herramientas generativas se han integrado en suites de productividad, plataformas de desarrollo y sistemas de gestión empresarial. Grandes proveedores de software, incluido Microsoft, están incorporando asistentes inteligentes directamente en el correo, las hojas de cálculo o las aplicaciones de colaboración.
Para el mercado laboral europeo, muy orientado a servicios y con una amplia base de empleos administrativos y de oficina, esta integración masiva implica un cambio estructural. No se trata solo de usar un chatbot ocasional, sino de que cada tarea rutinaria pueda ser asumida por un agente digital conectado a los sistemas internos de la organización.
La disyuntiva que se abre es clara: la IA promete eficiencia, reducción de costes y mayor velocidad, pero al mismo tiempo obliga a replantear la formación, la protección de los trabajadores y el marco regulatorio, especialmente en la Unión Europea, donde ya se ha aprobado la primera gran ley de IA.
Un sector en plena carrera e inversiones multimillonarias
Las advertencias de Suleyman se producen en un contexto de fuerte competencia. Empresas como Anthropic, OpenAI o Google están librando una batalla por el liderazgo en soluciones de IA para programación, oficinas y grandes clientes corporativos.
Microsoft, que ya colabora estrechamente con OpenAI, prevé destinar alrededor de 140.000 millones de dólares a infraestructura para IA en su ejercicio fiscal actual. Se trata de una cifra muy elevada, destinada principalmente a centros de datos, chips especializados y servicios en la nube capaces de soportar estos modelos.
Este volumen de gasto ha generado inquietud entre algunos inversores. Las acciones de la compañía han registrado caídas recientes y han surgido dudas sobre la posible formación de una burbuja en torno a la inteligencia artificial, similar a otros ciclos tecnológicos anteriores.
El propio Suleyman ha reconocido que se trata de un periodo sin precedentes y que los mercados financieros intentan todavía calibrar cómo evolucionará todo en los próximos cinco años. Esa mezcla de entusiasmo y temor se refleja también en las reacciones del público y de los profesionales.
Mientras tanto, en Europa se discute cómo equilibrar la atracción de inversiones tecnológicas con la protección de los derechos laborales y la estabilidad social. La IA se presenta como motor de crecimiento, pero también como posible fuente de tensiones si la adaptación del mercado de trabajo no va al mismo ritmo.
Polémica social y dudas éticas ante el reemplazo de profesiones
Las declaraciones de Suleyman se han viralizado rápidamente en redes sociales y medios digitales. Muchos usuarios celebran las posibilidades de automatizar tareas tediosas y mejorar la productividad, pero otros expresan un profundo escepticismo sobre la sustitución del criterio humano, especialmente en áreas sensibles como el Derecho o las finanzas.
Una parte de las críticas sugiere que discursos tan contundentes sobre el reemplazo de abogados y contables podrían utilizarse para presionar a la baja los salarios de profesiones técnicas y de oficina. Bajo esta visión, la promesa de una automatización total se convertiría en una herramienta de negociación en manos de empresas y grandes plataformas.
Expertos en ética y regulación de la tecnología señalan que, en caso de producirse una automatización masiva de tareas profesionales, será imprescindible debatir límites claros, responsabilidades legales y mecanismos de supervisión humana. En Europa, ese debate se entrelaza con la aplicación práctica del nuevo reglamento de IA y las normativas de protección de datos.
También se plantean interrogantes sobre la calidad del servicio que recibirán ciudadanos y empresas si una parte significativa del trabajo de análisis, redacción y revisión recae en sistemas automatizados. Aunque los modelos son cada vez más precisos, siguen existiendo riesgos de errores, sesgos y alucinaciones en sus respuestas.
En paralelo, algunos profesionales recuerdan que ciertas decisiones, especialmente en campos como el Derecho, tienen una dimensión humana, contextual y moral que resulta difícil de codificar en reglas o patrones estadísticos. La frontera entre lo que puede automatizarse sin pérdida de calidad y lo que requiere juicio humano seguirá siendo objeto de discusión.
El mensaje de fondo que se desprende de las intervenciones de Suleyman es claro: la inteligencia artificial está a punto de cambiar de forma radical el trabajo de millones de personas que hoy se sientan frente a un ordenador. Abogados, contables, gestores de proyectos, consultores y profesionales de marketing verán cómo gran parte de sus tareas rutinarias pasan a manos de algoritmos, mientras ellos se ven obligados a reorientar su valor hacia la estrategia, la supervisión y las decisiones complejas. Cómo se gestione esa transición, tanto desde las empresas como desde las instituciones europeas, marcará la diferencia entre un salto de productividad y una fuente de tensión social duradera.