- El satélite Suncatcher ejecutó Gemma 4 en órbita y devolvió un poema generado por IA.
- La prueba demuestra inferencia básica, pero aún debe superar radiación, calor y costes de lanzamiento.
- Google estudia centros de datos orbitales para aprovechar energía solar y esquivar límites terrestres.
- El siguiente paso son dos satélites interconectados en 2027 y pruebas de enlaces láser.
Google ha conseguido que un prototipo satelital del proyecto Suncatcher ejecute un modelo de inteligencia artificial fuera de la Tierra y devuelva una respuesta. El sistema, que emplea Gemma 4 sobre hardware TPU, escribió un breve poema sobre la experiencia de orbitar el planeta. El resultado es una demostración pequeña, pero relevante para comprobar si componentes pensados para centros de datos pueden funcionar en el espacio.
La prueba se produjo cuando el satélite pasaba cerca de Svalbard, en Noruega. Desde una estación terrestre se envió una instrucción; el equipo la procesó a bordo y devolvió el texto a tierra. Detrás de la anécdota hay una apuesta de fondo: estudiar si la infraestructura de IA puede instalarse en órbita y alimentarse con energía solar, evitando parte de los límites eléctricos, hídricos y territoriales que afrontan los centros de datos convencionales.
Un saludo desde la órbita
El prototipo se lanzó el 1 de octubre y se desarrolló en colaboración con Planet. Viajó en una misión compartida de SpaceX y, tras varias semanas de comprobaciones, el equipo encendió el sistema anfitrión y las bandejas de TPU. La petición se envió durante un sobrevuelo y la respuesta llegó al pasar por la estación de Svalbard. El poema aludía a una canica azul bajo el satélite, a datos que circulan sin ruido y a la luz de las estrellas como alimento del núcleo. También se hicieron pruebas con textos cómicos y consultas sobre el estado interno de los sistemas.
El detalle técnico ayuda a entender el alcance. El satélite dispone de cuatro TPU y hasta un kilovatio de potencia; sin embargo, solo puede usar una cada vez, durante unos veinte minutos, por sus necesidades energéticas y térmicas. Un miembro del equipo de Gemma en Google DeepMind indicó que el modelo funcionó con electricidad solar almacenada. Travis Beals, directivo de Google, presentó el avance como una especie de bautismo orbital de los procesadores, aunque la compañía evita hablar de un producto cerrado.
Qué se ha demostrado y qué sigue en el aire
La prueba confirma que una tarea de inferencia completa puede ejecutarse en órbita: llega una orden, el modelo genera una respuesta y esta se transmite a tierra. No demuestra, en cambio, que el sistema pueda trabajar de forma continua, repartir cargas entre varias naves o convertirse en un negocio rentable. De momento hablamos de consultas sencillas y de un experimento con margen de mejora.
Quedan dos frentes técnicos importantes. La radiación puede alterar bits en la memoria y provocar errores silenciosos; las pruebas de laboratorio con TPU Trillium mostraron anomalías de memoria en torno a los dos kilorads, por encima de los 750 rads previstos para una misión blindada de cinco años, y no aparecieron fallos duros hasta los quince kilorads. Son datos de tierra, así que la órbita real todavía debe confirmarlos. El calor es el otro problema: en el vacío no hay aire que enfríe, de modo que se estudian conductos térmicos y radiadores, ya ensayados en cámara de vacío.
La razón no es épica, es eléctrica
La motivación principal no es enviar poemas al espacio, sino resolver un cuello de botella físico. En una órbita adecuada, los paneles solares reciben luz de manera casi continua y no compiten por suelo ni por agua. En tierra, los centros de datos tropiezan con la capacidad de la red eléctrica, la refrigeración y la disponibilidad de terreno; además, la conexión a la red puede tardar años. Google ya ha firmado acuerdos energéticos muy grandes en tierra, como los 890 megavatios de potencia nuclear con Constellation Energy, y contempla la órbita como otra vía para el mismo problema.
La escala del fenómeno explica el interés. Grandes tecnológicas han comprometido cantidades enormes para infraestructura de IA en los próximos años, por encima de los tres billones de dólares en varios cálculos del sector. En ese contexto, colocar parte del cómputo fuera de la atmósfera se presenta como una alternativa, aunque todavía cara y llena de incógnitas. No se trata solo de ahorrar espacio: la electricidad y la refrigeración se han convertido en factores que condicionan el desarrollo de los modelos.
Competencia, costes y dudas
Suncatcher no está solo. Starcloud reunió 250 millones de dólares para construir centros de datos orbitales con GPU y ya ha realizado pruebas con hardware de Nvidia en órbita baja. SpaceX quiere lanzar satélites de IA con chips de Nvidia en el cuarto trimestre de 2027 y ha hablado de constelaciones muy ambiciosas, pero también ha advertido a sus inversores de que este tipo de centros de datos podría no llegar a funcionar. Blue Origin, Axiom o Kepler también exploran infraestructura de computación espacial. Google apuesta por naves que vuelan en formación y comparten trabajo mediante enlaces láser; otras compañías priorizan la inferencia dentro de una sola nave.
La economía de lanzamiento sigue siendo decisiva. El plan depende de que cohetes como Starship sean totalmente reutilizables y abaraten el acceso al espacio. Investigaciones citadas por el sector calculan que harían falta alrededor de 1.800 lanzamientos para lograr reducciones de coste significativas y acercarse a los 200 dólares por kilogramo hacia 2035. Sin esa rebaja, la cuenta no sale. Por eso el avance actual debe leerse como una prueba de concepto, no como el anuncio de una migración inmediata de la IA a la órbita.
El siguiente hito previsto para 2027 consiste en dos satélites interconectados que generen más potencia y permitan probar enlaces ópticos entre ambos. Si esa fase funciona, Google podría avanzar hacia redes de naves cercanas que compartan cargas de trabajo. Antes habrá que medir el comportamiento de los chips bajo estrés térmico y radiación, dos condiciones que en tierra se controlan mucho mejor.
El avance de Suncatcher deja una idea clara: la computación orbital ha pasado de ser una diapositiva a tener una demostración real, aunque todavía limitada. Un chip de clase centro de datos ha ejecutado un modelo y ha devuelto una respuesta, pero el futuro dependerá de la resistencia del hardware, de la refrigeración, de los lanzamientos baratos y de que alguien demuestre que el negocio tiene sentido. Mientras tanto, la anécdota del poema sirve para recordar que la IA también está buscando sitio fuera de la Tierra, no por romanticismo, sino porque en suelo firme empieza a faltar margen.

