El fracaso de Windows en ARM y el golpe de efecto del MacBook Neo

Última actualización: marzo 30, 2026
Autor: Isaac
  • Microsoft se adelantó con Windows RT y Windows en ARM, pero chocó con la falta de compatibilidad y un ecosistema inmaduro.
  • Apple ha conseguido con los Mac ARM y el MacBook Neo lo que Microsoft buscaba: potencia, autonomía y continuidad de software.
  • Las exigencias de compatibilidad del mundo empresarial lastran cualquier transición radical de Windows a ARM.
  • Windows en ARM sigue arrastrando limitaciones técnicas y de aplicaciones que impiden que sea mejor opción que x86.

Windows en ARM fracaso

El tropiezo de Windows en ARM se ha convertido en uno de los ejemplos más claros de cómo una buena idea técnica puede estrellarse contra la cruda realidad del mercado, el software heredado y las decisiones estratégicas. Mientras tanto, Apple ha demostrado con sus Macs basados en ARM y, ahora, con el MacBook Neo, que la transición a una nueva arquitectura puede ser casi invisible para el usuario si se hace con cabeza.

Lo irónico es que Microsoft tuvo la visión antes que nadie: ordenadores ligeros, buena autonomía, chips ARM eficientes y un Windows «moderno» pensado para la movilidad. Sin embargo, lo que en teoría sonaba genial terminó recordándose como un fiasco: Windows RT primero, Windows 10 en ARM después, Surface con Snapdragon que apenas se venden y una sensación de déjà vu constante cada vez que intentan relanzar la idea.

Del sueño de Surface RT al choque con la realidad

Para entender por qué se habla del fracaso de Windows en ARM hay que remontarse a 2012, cuando Microsoft lanza Surface RT con Windows RT. La jugada pretendía llevar Windows al mundo de las tablets ARM en plena explosión del iPad y los dispositivos Android, en un momento en el que los procesadores x86 no daban la talla en formato tablet fino y ligero.

La apuesta fue clara: un Windows 8 adaptado a procesadores ARM, con interfaz táctil y una nueva plataforma de apps (WinRT) teóricamente más segura y eficiente. El problema es que era un «Windows» que, en el fondo, no lo era: no podía ejecutar los programas clásicos x86 de toda la vida, el gran motivo por el que muchos usuarios seguían usando Windows.

Durante décadas habíamos visto cómo la gente se quedaba en Windows por su ecosistema de aplicaciones: Winamp, Photoshop, AutoCAD, los Call of Duty, los emuladores, el Office de siempre, aplicaciones de empresa desarrolladas hace 15 o 20 años… y de repente Microsoft se presenta con un «Windows» que no puede ejecutar nada de eso. Como es lógico, muchos lo percibieron como un sistema recortado, un híbrido raro que no encajaba ni como tablet ni como portátil.

Surface RT ilustraba bien el problema: era un dispositivo con hardware decente, buena construcción, teclado opcional y un precio que, en su versión con Touch Cover, rondaba los 599 dólares, similar al posicionamiento actual del MacBook Neo de Apple en la gama de «informática básica». Pero mientras Apple hoy ofrece un portátil ARM que corre prácticamente las mismas apps que cualquier otro Mac, Surface RT apenas ofrecía Office táctil, Halo y poco más, con una Windows Store sin masa crítica y sin compatibilidad con Win32/x86.

En la práctica, Windows RT era un Windows que no servía para lo que la gente esperaba de Windows. No podías instalar tus programas habituales, ni tus juegos para PC, ni herramientas profesionales específicas. Para quien quería una tablet de ocio, iPad o Android ya estaban muy por delante en catálogo y experiencia; para quien quería productividad real, las Surface Pro x86 con Core i5 y «el Windows de siempre» eran otra liga, aunque bastante más caras.

El batacazo fue tan serio que, en 2013, Microsoft tuvo que asumir una pérdida de unos 900 millones de dólares por el stock de Surface RT y el fracaso comercial de Windows RT. Para muchos analistas y usuarios, aquel sistema estaba «muerto antes de nacer»; en el barrio, se diría que fueron manotazos de ahogado ante el dominio del iPad.

Windows 10 en ARM: la segunda oportunidad… con las mismas piedras

Años más tarde, Microsoft regresó a la carga con Windows 10 para ARM, esta vez prometiendo algo mucho más atractivo: un Windows «completo» en procesadores ARM, capaz de ejecutar aplicaciones x86 mediante emulación, con conectividad 4G/LTE integrada y autonomías teóricas de hasta 20 horas. Sobre el papel, parecía el paso lógico y casi definitivo.

Para el usuario medio, la promesa era tentadora: portátiles siempre conectados, ligeros y con enorme autonomía, pero con «el mismo Windows 10» que ya conocían. Muchos titulares apuntaban a que sería prácticamente indistinguible de un PC x86 tradicional… hasta que apareció un documento interno para OEMs que detallaba las limitaciones reales de la plataforma.

Según ese informe, Windows 10 en ARM tenía una serie de recortes importantes que lo alejaban de la experiencia plena de un PC tradicional. Aunque la emulación permitía ejecutar aplicaciones x86 empaquetadas como EXE y MSI sin que los desarrolladores tuvieran que hacer nada especial, había muchas excepciones y zonas oscuras que podían fastidiar al usuario en el día a día.

La primera limitación clave era que solo se admitían controladores ARM64. Es decir, aunque el sistema pudiera ejecutar software x86 de 32 bits, no podía usar drivers x86. Para periféricos y hardware reciente quizás no fuese dramático, pero cualquier dispositivo un poco más antiguo sin drivers de 64 bits quedaba fuera de juego, algo especialmente delicado en entornos profesionales con equipamiento específico.

Además, no había soporte para aplicaciones x64 en la fase inicial. Microsoft aseguraba que trabajaban en ello, pero, de entrada, el usuario quedaba limitado a aplicaciones x86 de 32 bits bajo emulación, dejando fuera una enorme cantidad de software moderno que ya solo ofrece instaladores de 64 bits. Eso generaba una sensación clara de sistema «capado» respecto a un Windows 10 x86/AMD64 normal y corriente.

Por si fuera poco, las aplicaciones y juegos que dependían de OpenGL solo funcionaban si usaban la versión 1.1 o anterior y no exigían aceleración por hardware. Muchos juegos y programas gráficos modernos quedaban automáticamente descartados, y también fallaban los títulos con sistemas anti-trampas (anticheat) integrados, muy habituales en el gaming online actual.

La cosa se complicaba todavía más para quienes acostumbran a personalizar Windows con utilidades avanzadas: software que modifica métodos de entrada, tecnologías de asistencia, extensiones del shell (por ejemplo, menús contextuales añadidos por apps de terceros)… muchas de estas herramientas sencillamente no funcionaban salvo que existiera una versión nativa para ARM, lo que las dejaba fuera de juego de forma efectiva.

Incluso las aplicaciones y juegos desarrollados para Windows Phone podían dar problemas, presentándose con orientación incorrecta o fallos en la interfaz. Todo ello rematado con una ausencia dolorosa para administradores y usuarios avanzados: la plataforma de virtualización Hyper-V no estaba soportada, dejando sin una de las funciones profesionales clave del ecosistema Windows.

Después de que ese documento empezase a circular, Microsoft acabó retirándolo del Centro de desarrollo sin dar demasiadas explicaciones. La sensación general fue que muchos usuarios y, sobre todo, OEMs se dieron de bruces con la realidad: Windows 10 en ARM no era «prácticamente igual» al resto de versiones, por mucho que el mensaje de marketing insistiera en ello.

Con este panorama, algunos fabricantes comenzaron a cuestionarse si no estábamos ante otro caso «Windows RT». Se rumoreaba que varias marcas que planeaban lanzar equipos ARM con Windows 10 se lo estaban pensando dos veces, viendo las limitaciones técnicas y el posible rechazo del mercado, muy escarmentado por los experimentos anteriores.

Surface con Snapdragon y Copilot+ PC: mucho ruido, pocas ventas

La historia tampoco mejora demasiado cuando miramos la etapa más reciente, ya en la era Windows 11 y la apuesta por la IA con los llamados Copilot+ PC en arquitectura ARM. Microsoft, junto con Qualcomm, ha intentado relanzar la plataforma con chips como Snapdragon 8cx y derivados, vendiendo la idea de portátiles ligeros, con NPU dedicada para inteligencia artificial y buena autonomía.

Sin embargo, distintos informes del sector apuntan a que los portátiles con Snapdragon 8 apenas se están vendiendo en el mercado general. Se habla de unidades testimoniales frente a la avalancha de equipos tradicionales con Intel y AMD. Hasta el punto de que se rumorea que Microsoft estaría preparando el regreso de Intel —y quizá también de AMD— a la línea Surface, después de haber apostado de forma muy agresiva por ARM en algunas generaciones.

El golpe más simbólico lo hemos visto con el cancelación del kit de desarrollo para Windows en Snapdragon, con Qualcomm supuestamente reembolsando los pedidos. Un movimiento que, a ojos de muchos desarrolladores, es una señal preocupante: si ni siquiera se mantiene un kit de referencia para impulsar el ecosistema, cuesta creer que Windows en ARM vaya a despegar a corto plazo.

Desde Redmond insisten en que Windows on ARM ha mejorado muchísimo en los últimos años. Hablan de más aplicaciones nativas Arm64 y de Prism, la nueva capa de emulación de Windows 11 24H2 que, sobre el papel, permite ejecutar apps x86 y x64 con mejor rendimiento. Llegaron a afirmar que cerca del 87% del tiempo de uso en aplicaciones ya correspondía a software con versión nativa para ARM, algo impensable en tiempos de Windows RT.

Aun así, en el día a día, muchos usuarios siguen topándose con carencias concretas: VPNs y antivirus populares que no ofrecen soporte ARM, software especializado que solo existe en x86, utilidades de seguridad y gestión sin versión compatible… Ejemplo claro: soluciones conocidas como Kaspersky VPN o su antivirus todavía no funcionan en Windows ARM, lo cual, para muchos, es un motivo automático para descartarlo.

En resumen, aunque el ecosistema ha crecido, la percepción mayoritaria es que Windows en ARM no resuelve mejor ningún problema real que no cubran mejor, o con menos líos, los portátiles x86 de toda la vida. Ni es más potente, ni es más compatible, y en la práctica tampoco es más barato.

Por qué las empresas huyen del riesgo ARM en Windows

Un punto clave en el fracaso relativo de Windows en ARM tiene que ver con el peso del software heredado en el mundo empresarial. Hay millones de PCs en empresas que dependen de aplicaciones internas, desarrolladas hace 10, 20 o incluso 40 años, que siguen funcionando en sistemas Windows antiguos o modernizados, pero siempre sobre x86.

Cuando una organización renueva su parque de ordenadores con nuevos equipos Intel o AMD, da por hecho que su software crítico seguirá funcionando. Puede que necesiten ajustar algún driver, adaptar algo, pero en general la compatibilidad hacia atrás es excelente en el mundo x86. Eso da una tranquilidad brutal a departamentos de IT que, por definición, son muy conservadores.

Con ARM, en cambio, la cosa no está nada clara. Aunque Microsoft prometa emulación mejorada y porcentajes altos de apps nativas, nadie en su sano juicio en una gran empresa se juega el negocio a que una aplicación core, escrita hace décadas y sin soporte activo, vaya a funcionar sin fallos en un entorno emulado sobre ARM. Es demasiado riesgo, y a las empresas les gusta tanto el riesgo como a un gato el agua.

Para que alguien se anime a comprar un portátil Windows con ARM, habría que cumplir, como mínimo, tres condiciones muy estrictas:

  • Que todo funcione exactamente igual que en un equipo Intel o AMD: mismas aplicaciones, mismos periféricos, mismo comportamiento.
  • Que la autonomía sea claramente superior a la de un portátil x86 equivalente, y no solo en teoría, sino en uso real.
  • Que sea sensiblemente más barato que la alternativa Intel/AMD de prestaciones similares, para compensar cualquier riesgo percibido.

El problema es que, hoy por hoy, Windows en ARM no clava ninguno de esos tres puntos. No garantiza compatibilidad total, la autonomía es buena pero ya no tan diferencial frente a los x86 modernos, y los precios son muy parecidos a los de portátiles con Intel o AMD. Si no es más barato, ni más potente, ni más compatible… ¿para qué arriesgarse?

Mientras tanto, el ecosistema clásico de PCs Windows con x86 sigue funcionando como un reloj: millones de equipos con 5, 10 o 20 años de antigüedad que continúan ejecutando software diseñado hace décadas. Ese legado es una bendición para los usuarios… y una losa para cualquier intento de giro radical hacia ARM por parte de Microsoft.

Apple, ARM y el MacBook Neo: lo que Microsoft quiso y no pudo

En paralelo a los tropiezos de Windows en ARM, Apple ha ido fraguando una transición a ARM casi de manual. Desde hace más de una década se sabía que los chips A-series de iPhone y iPad rendían a la altura —o mejor— que muchos procesadores de portátiles de su época. Ya en 2015, el Apple A9 de un iPhone 6S podía plantar cara al Intel Core M de un MacBook que costaba más del doble.

Esa evolución dejaba claro que el salto a un Mac ARM era cuestión de tiempo. Cuando llegó el M1 en 2020, muchos se quedaron boquiabiertos: potencia muy seria, autonomía espectacular, equipos silenciosos y un rendimiento que, en muchos casos, superaba a portátiles Intel bastante más caros. El Mac mini M1, por ejemplo, se convirtió en símbolo de un ordenador de sobremesa ultraeficiente, silencioso, muy capaz y con un precio agresivo para los estándares de Apple.

El siguiente paso ha sido el MacBook Neo, basado en un Apple A18 Pro derivado del iPhone, con precio ajustado y posicionamiento claro como portátil de «informática básica» para estudiar, trabajar ligero, navegar y consumir contenido. Un dispositivo de unos 599-700 euros que sorprende a muchos por su rendimiento, aunque, en realidad, llevaba años «cantado» para cualquiera que siguiera la evolución de los chips de Apple.

Aquí entra en juego Steven Sinofsky, exjefe de Windows y Windows Live, figura clave en la historia de Microsoft. Fue responsable de varias generaciones de Office (95, 97, 2000, XP, 2003, 2007) y después de Windows 7 y Windows 8. Abandonó la compañía en 2012 en medio de tensiones internas y rumores sobre sus aspiraciones a CEO, poco después del lanzamiento de Windows 8 y de las primeras Surface.

Sinofsky ha comentado recientemente que el MacBook Neo le da la razón muchos años después. Su tesis es que Microsoft ya intentó algo similar en 2012 con Surface RT y Windows RT: un equipo ligero, con chip ARM (NVIDIA Tegra), buena autonomía y precio contenido, orientado a tareas cotidianas. Según él, la idea era correcta, pero llegó demasiado pronto, cuando todavía no existían las condiciones de ecosistema y compatibilidad para que esa visión cuajara.

La comparación entre Surface RT y MacBook Neo no es casual. Apple posiciona el Neo como portátil de entrada, con hasta 16 horas de batería, chasis de aluminio y un chip de iPhone muy optimizado. Microsoft lanzó en su momento Surface RT a partir de 499 dólares, llegando a 599 con teclado, en el mismo tramo de precio que hoy ocupa el Neo. En ambos casos, se trata de cubrir el segmento de informática básica con un producto más cuidado que el típico portátil barato que va a trompicones.

Pero hay una diferencia enorme: Apple llegó con los deberes hechos y un ecosistema coherente, mientras que Microsoft presentó un caos de arquitecturas, interfaces y modelos de aplicaciones. El MacBook Neo forma parte de una familia de Macs ARM que ya ha consolidado macOS sobre Apple Silicon, con emulación madura y una transición muy bien gestionada. El usuario medio casi ni ha notado el cambio de arquitectura: las apps funcionan igual, o mejor, la autonomía es estupenda y el rendimiento va sobrado.

Apple, además, no dejó la puerta abierta a seguir usando Intel a medio plazo. Anunció la transición, ofreció herramientas como Rosetta 2 para emular aplicaciones Intel con un rendimiento sorprendentemente bueno y, cuando tocó, cerró el grifo de los Mac con procesador x86. Si quieres un Mac nuevo, es ARM sí o sí. Esa decisión forzó al ecosistema a moverse y, gracias a una planificación sólida, el 90% de los usuarios apenas percibió fricciones.

En la práctica, los Mac ARM solucionan los mismos problemas que los Mac Intel, pero mejor: más eficiencia, más autonomía, mejor rendimiento por vatio, menos calor y sin penalización real en experiencia de software. El MacBook Neo simplemente lleva esa lógica un paso más abajo en precio, demostrando que un chip derivado del móvil puede dar una experiencia de portátil más que decente para la mayoría.

Microsoft, en cambio, no puede cortar el cordón umbilical con x86. No puede decir alegremente: «a partir de ahora, todo el mundo a Windows ARM». Hay demasiados PCs en circulación, demasiadas aplicaciones heredadas, demasiados negocios colgando de software antiguo. Cualquier transición así tendría que planificarse a muchos años vista, con una compatibilidad y una emulación tan buenas que el usuario ni se enterase. Y, a día de hoy, eso no se ha conseguido.

Por todo ello, el contraste es brutal: Apple ha logrado exactamente lo que Microsoft llevaba una década intentando, pero sin arrastrar las cadenas de un legado inabarcable y con la ventaja de controlar verticalmente hardware, sistema operativo y tienda de aplicaciones.

Mirando el conjunto, el fracaso reiterado de Windows en ARM no se explica por un único error, sino por la combinación de un ecosistema inmaduro, decisiones de producto que no respondían a ningún problema real del usuario, una comunicación confusa y el peso enorme del pasado x86; mientras tanto, Apple ha demostrado que, con una estrategia clara y sin medias tintas, es posible mover toda una plataforma a ARM y que al usuario medio le dé igual qué arquitectura tiene debajo siempre que su ordenador sea más rápido, dure más encendido y siga ejecutando sin dramas las mismas aplicaciones de siempre.

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