- El 22% de los trabajadores ha usado LinkedIn con intención romántica y un 12% inició una relación allí.
- El 48% confía más en la información de un perfil de LinkedIn que en la de una app de citas.
- Las reacciones son mixtas: un 34% se siente incómodo, un 19% reporta o bloquea, y solo un 16% se siente halagado.
- LinkedIn prohíbe los avances románticos no deseados, pero la práctica social está redefiniendo los límites.
Durante años, el amor en el trabajo parecía casi inevitable: una charla junto a la máquina de café, un viaje de negocios o una comida compartida podían encender una chispa. La proximidad física y la rutina hacían su parte. Pero la pandemia lo cambió todo. El trabajo se volvió remoto, las oficinas se vaciaron y las relaciones humanas se trasladaron a las pantallas. Las aplicaciones de citas, que prometían conectar a cualquiera con un simple deslizamiento, se convirtieron en el nuevo territorio del deseo. Sin embargo, esa promesa se ha ido desgastando.
El cansancio de deslizar perfiles, las biografías idealizadas y las primeras citas que no cumplen lo que prometían han generado una fatiga generalizada. En ese contexto, una plataforma que jamás fue diseñada para el romance ha empezado a ganar protagonismo: LinkedIn. Lo que nació como una red para buscar empleo y hacer contactos profesionales se ha convertido, para muchos, en un inesperado escenario para conocer a alguien especial.
La confianza que las apps de citas no ofrecen

Según un informe de Zety, el 22% de los trabajadores encuestados reconoce haber utilizado LinkedIn para acercarse a alguien con intención romántica, y un 12% asegura haber iniciado allí una relación de pareja. La razón principal parece ser la verificación y la confianza que ofrece la red profesional. A diferencia de Tinder o Bumble, en LinkedIn se puede comprobar dónde trabaja una persona, qué estudió, su trayectoria y sus contactos en común. De hecho, el 48% de los encuestados afirma confiar más en la información de un perfil de LinkedIn que en la de una aplicación de citas. El currículum tiene testigos: es más difícil inventar una carrera profesional que escribir una bio con emojis.
Historias como la de Sofía, una community manager de 29 años, reflejan esta tendencia: “Le escribí a un contacto porque vi que había estudiado Letras, como yo. En Tinder ni loca lo hubiera detectado”. Nicolás, un contador de 34, también lo usa como herramienta de comprobación: “Antes de la primera cita, googleo el nombre y, si tiene LinkedIn, lo reviso más que el Instagram. Ahí no se puede mentir tanto”.
Reacciones divididas: entre el halago y la incomodidad
Pero no todo el mundo lo ve con buenos ojos. El mismo estudio revela que un 34% de las personas se siente incómoda si recibe un mensaje con intenciones románticas en LinkedIn, y un 19% lo reporta o bloquea directamente, considerándolo una invasión en un espacio profesional. Otro 31% adopta una postura neutral, dependiendo de quién escribe y cómo lo hace, mientras que solo un 16% se siente halagado. Esta dispersión muestra que todavía no existe un código social compartido sobre lo que es aceptable en la red.
LinkedIn, por su parte, no se presenta como una plataforma de citas y prohíbe los avances románticos no deseados. Un vocero de la compañía fue tajante: “Nuestro objetivo es asegurarnos de que las personas estén protegidas frente a avances románticos no deseados”. La tensión entre la norma institucional y el comportamiento real de los usuarios es evidente, y cada persona decide con su propio termómetro si lo que llegó a su bandeja de entrada es una propuesta o una invasión.
El fin de la separación entre lo personal y lo profesional
Este fenómeno también refleja un cambio más profundo en la forma en que construimos nuestra identidad. Durante mucho tiempo mantuvimos la ficción de que existía un “yo profesional” y un “yo personal”, dos personajes que se turnaban según el escenario. Pero las redes sociales han hecho cada vez más difícil sostener esa separación. LinkedIn tiene perfiles, fotos, publicaciones, reacciones y mensajes privados, una estructura muy similar a la de Instagram o Facebook. La diferencia es solo el propósito original, pero los usuarios están reescribiendo ese contrato tácito con su uso cotidiano.
Martín, jefe de Recursos Humanos de 31 años, lo explica así: “Hoy ya ni hago el esfuerzo de separarlos. Publico lo mismo, pienso lo mismo, soy la misma persona en el Zoom que en la previa”. Camila, diseñadora UX de 26, va más allá: “Me parece un delirio que se sorprendan de que la gente coquetee en LinkedIn. Es una red social como cualquier otra, tiene fotos, tiene mensajes, tiene un feed. ¿Por qué ahí no y en Instagram sí?”.
No es la primera vez que el amor coloniza un espacio que no fue creado para él. Facebook tampoco nació para enamorar, e Instagram mucho menos, pero ambos se convirtieron en territorios habituales para las relaciones. El amor tiene esa costumbre incómoda: aparece allí donde hay otro visible y una posibilidad de contacto. LinkedIn no es una excepción. La plataforma puede seguir siendo una herramienta para buscar empleo y construir una carrera, pero, mientras tanto, entre un comentario sobre un ascenso y un mensaje privado, también empieza a funcionar como un inesperado escenario para el romance.
En definitiva, lo que está ocurriendo en LinkedIn no es un cambio de la plataforma, sino de sus usuarios. La tecnología solo está evidenciando que el “yo” de la oficina y el “yo” de la vida personal quizá nunca estuvieron tan separados como creíamos. Y en ese terreno difuso, el currículum también está empezando a servir para el levante.
