- Los astronautas de Artemis II usan Microsoft Surface Pro de la era de Windows 8 como portátiles personales
- La NASA eligió estos equipos en 2017 por certificaciones previas, costes y compatibilidad con Windows
- Los sucesivos retrasos de Artemis II han hecho que el hardware vuele “obsoleto” en 2026
- Un fallo de Outlook durante el vuelo evidenció la convivencia entre tecnología espacial y software comercial

La misión Artemis II ha vuelto a poner a humanos en la órbita de la Luna por primera vez en más de medio siglo, con un sobrevuelo histórico y un regreso a la Tierra que, hasta ahora, se desarrolla según lo previsto. Más allá de los hitos científicos y del despliegue tecnológico del programa lunar de la NASA, un detalle muy terrenal se ha colado en los titulares: los astronautas viajan con portátiles que debutaron en plena época de Windows 8.
Los cuatro tripulantes de Artemis II utilizan como ordenadores personales Microsoft Surface Pro de primera generación y modelos de la misma familia, dispositivos convertibles que vieron la luz alrededor de 2013. En un contexto dominado por la inteligencia artificial, los móviles plegables y los chips de última hornada, puede sonar extraño que una misión de vanguardia a la Luna dependa de equipos que, a ojos de cualquier usuario de a pie, ya se considerarían antiguos.
Por qué Artemis II recurre a portátiles de la era Windows 8
El uso de estos Surface Pro no es fruto de un despiste ni de un recorte de presupuesto de última hora, sino de una serie de decisiones técnicas muy meditadas. Jason Hutt, gerente de ingeniería e integración de sistemas de la nave Orion, con más de 25 años de experiencia en la NASA, ha ido explicando en la red social Bluesky cómo se tomó esta elección y por qué, a día de hoy, sigue teniendo sentido.
Según Hutt, la integración de la cabina de Orion arrancó en 2017, cuando el plan oficial era lanzar Artemis II en 2020. En ese momento se seleccionaron y compraron los portátiles que acompañarían a la tripulación. La agencia decidió acotar el catálogo a equipos ya utilizados en la Estación Espacial Internacional (ISS), precisamente para ahorrar tiempo y dinero en certificaciones adicionales.
Entre esos dispositivos se encontraban los Microsoft Surface Pro, que ya habían superado las rigurosas pruebas de funcionamiento en el entorno espacial: vibraciones, cambios de temperatura extremos, radiación, consumo energético y compatibilidad con los sistemas a bordo. Una vez un hardware pasa ese filtro, la NASA tiende a mantenerlo durante años, porque repetir el proceso con modelos nuevos supone volver a invertir una fortuna y retrasar aún más las misiones.
Hutt lo resumió de forma bastante directa: sabían que estos portátiles serían «obsoletos» cuando finalmente volasen, pero ya estaban en su poder, ya se habían probado y el software específico estaba desarrollado para esa plataforma. En sus palabras, había que tomar «la decisión que es lo suficientemente buena», no la que luce más moderna sobre el papel.
El papel de Windows y el ahorro en certificaciones
Uno de los puntos clave es que el software de operaciones de las tabletas se desarrolló para Windows en el contexto de la ISS. Eso incluye aplicaciones de uso diario para los astronautas, herramientas de planificación, gestión de tareas, comunicaciones no críticas y utilidades para documentar experimentos o registrar datos personales.
No cualquier portátil puede viajar al espacio. Cada equipo que se sube a una nave tiene que pasar por un proceso de certificación exhaustivo, que puede alargarse años y consumir millones de dólares. Cambiar el sistema operativo o el tipo de hardware a mitad de camino implicaría reescribir, adaptar y volver a validar todo ese software, con el riesgo de introducir fallos en un entorno en el que no hay margen para errores.
Por eso, para Artemis II la NASA apostó deliberadamente por dispositivos Windows que ya estaban en el catálogo de la ISS. Esa decisión tiene varias ventajas: reduce la complejidad de la integración, permite reutilizar herramientas ya probadas por otras tripulaciones y evita duplicar costes de pruebas. En la práctica, la agencia prioriza un ecosistema conocido y estable antes que perseguir el último modelo que haya salido al mercado.
Conviene aclarar que el hecho de que estos Surface Pro pertenezcan a la era de Windows 8 no significa necesariamente que ejecuten esa versión del sistema. En presentaciones oficiales de 2023 se llegó a mostrar la famosa pantalla de inicio táctil de Windows 8, pero en realidad se manejan versiones más modernas como Windows 10, mejor adaptadas a los requisitos de seguridad y mantenimiento actuales.
Y, por si había dudas, estos portátiles no controlan el cohete ni los sistemas de vuelo. La navegación, la propulsión y la seguridad de la nave Orion dependen de hardware especializado, resistente a la radiación y diseñado específicamente para usos críticos. Los Surface Pro sirven como ordenadores personales de los astronautas para tareas «cotidianas» dentro del contexto espacial.
Retrasos, obsolescencia y la lógica del «si funciona, no lo toques»
El contexto temporal también pesa mucho en esta historia. Artemis II debía despegar en 2020, pero el calendario se fue moviendo: primero a 2022, luego a 2024 y, finalmente, a 2026. Cada aplazamiento consolidaba un hecho incómodo: el hardware seleccionado envejecía sin llegar a volar.
En un entorno de consumo, lo habitual habría sido renovar los equipos al cabo de unos años. Sin embargo, en el sector espacial ocurre justo lo contrario: una vez que un dispositivo ha demostrado ser estable y fiable, se procura exprimirlo lo máximo posible. La prioridad es reducir riesgos, no presumir de especificaciones.
Hutt recordó que, cuando empezaron a trabajar en la cabina de Orion, ya se asumía que la tecnología elegida se quedaría anticuada. Aun así, optar por algo más nuevo habría supuesto reabrir el melón de las certificaciones, rehacer parte de la integración y, probablemente, forzar nuevos retrasos en la agenda de Artemis. En una misión que ya acumulaba años de aplazamientos, no era una opción especialmente atractiva.
Además, la NASA acostumbra a decantarse por componentes “viejos” que han pasado por múltiples misiones. No es tanto una cuestión de nostalgia como de estadística: cuanto más tiempo lleva un hardware funcionando en condiciones extremas, más claro tiene la agencia cómo se comporta, dónde están sus límites y qué tipo de fallos puede dar.
La tecnología puntera, por muy potente que sea, introduce incertidumbres. En un viaje más allá de la órbita terrestre baja, donde el margen de maniobra es mínimo, la previsibilidad pesa más que la velocidad o la capacidad gráfica. Dicho de forma coloquial: mejor un portátil algo lento pero predecible que un modelo flamante cuyo comportamiento aún no se conoce a fondo en el espacio.
Limitaciones de conectividad y choque con la informática moderna
Otro elemento que influye es la propia naturaleza del viaje a la Luna. A diferencia de lo que ocurre en la órbita baja, donde la ISS dispone de enlaces de datos relativamente constantes, las misiones de espacio profundo cuentan con un ancho de banda limitado y latencias elevadas. No hay WiFi «como en casa» ni fibra óptica de ida y vuelta.
Buena parte del hardware actual, sobre todo el que se vende al gran público, se diseñó pensando en una conectividad siempre disponible. Sistemas operativos y aplicaciones dependen de la nube para sincronizar archivos, hacer copias de seguridad, recibir actualizaciones o, directamente, funcionar. En un entorno donde los datos se racionan y las ventanas de comunicación son finitas, ese modelo deja de tener sentido.
Hutt apuntaba precisamente que los dispositivos más modernos tienden a buscar Internet de forma constante, lo que puede convertirse en un estorbo más que en una ayuda durante un vuelo a la Luna. Desactivar todas esas funciones, garantizar que el sistema se comporte bien en modo desconectado y asegurarse de que nada se rompe por el camino exigiría otro buen paquete de pruebas.
En cambio, la combinación de Surface Pro y un entorno Windows muy controlado permite a la NASA conocer de antemano cómo se comporta el sistema sin conexión, qué recursos consume y qué tipo de fallos cabe esperar. En la práctica, se trata de «congelar» una configuración conocida y pulida a base de experiencia acumulada en la ISS, en lugar de perseguir las últimas novedades.
Esto no significa que la misión prescinda de la nube o de alianzas tecnológicas modernas. Microsoft, por ejemplo, figura como socio estratégico de la NASA en diversas áreas, desde infraestructura de datos hasta inteligencia artificial aplicada a la observación de la Tierra. Pero cuando se trata del portátil que un astronauta usa para revisar un plan de trabajo o escribir a su familia, la consigna es clara: mejor algo sobrio y controlable que un aparato cargado de servicios en línea.
El fallo de Outlook que se convirtió en anécdota histórica
La convivencia entre esta tecnología “veterana” y el software de oficina de toda la vida quedó retratada en una anécdota que, probablemente, pase a la historia como uno de los tickets de soporte más peculiares jamás registrados. Durante las primeras horas de vuelo de Artemis II, el comandante Reid Wiseman se topó con un problema muy mundano: Outlook no funcionaba como debía.
Según se pudo escuchar en la retransmisión oficial, aproximadamente 13 horas después del despegue, Wiseman comentaba que veía dos cuentas o instancias de Microsoft Outlook en su portátil y que ninguna de ellas estaba operativa. Antes se había mencionado un software llamado Optimus, pero la preocupación inmediata terminó siendo el clásico quebradero de cabeza del correo electrónico.
La reacción desde el control de misión en Houston fue, básicamente, la misma que podría tener el departamento de IT de cualquier empresa: acceso remoto al dispositivo identificado como PCD 1, revisión de la configuración y resolución del fallo. Aproximadamente una hora después, el equipo en Tierra informaba de que Outlook ya abría correctamente, aunque figuraba como «desconectado», algo lógico dado el contexto.
Más allá del chascarrillo, el incidente deja ver hasta qué punto la exploración espacial moderna comparte herramientas con la oficina de cualquier compañía. Cuando una agencia se organiza alrededor de un ecosistema concreto —en este caso, el de Microsoft—, los pequeños bugs y contratiempos de ese software se convierten también en problemas de misión, aunque sean menores.
La anécdota se suma a otros imprevistos menos simpáticos, como el aviso de avería en el sistema de gestión de residuos de la nave, incluido el ventilador de orina, que también dio un susto en las primeras horas de Artemis II antes de confirmarse que estaba solucionado. Todo ello refuerza la idea de que, por muy sofisticado que sea el hardware, una misión espacial está llena de pequeñas incidencias que hay que ir apagando sobre la marcha.
Surface Pro en la vida a bordo: qué hacen (y qué no) estos portátiles
Los Surface Pro que acompañan a la tripulación de Artemis II se consideran dispositivos informáticos personales, no parte del núcleo duro de los sistemas de vuelo. Su cometido se centra en tareas relativamente corrientes: consultar documentación, revisar horarios, gestionar fotos y vídeos, comunicarse con familiares y amigos o seguir instrucciones de procedimientos no críticos.
El software que ejecutan se clasifica como Commercial Off-The-Shelf (COTS), es decir, programas comerciales estándar adaptados al entorno de la NASA. Esto incluye aplicaciones de ofimática, correo electrónico, herramientas de organización y otros servicios similares a los que se usan a diario en cualquier entorno profesional.
En España y en el resto de Europa, donde se sigue con interés cada avance del programa Artemis —tanto por la implicación de la Agencia Espacial Europea (ESA) como por el impacto científico y tecnológico—, no deja de llamar la atención que una misión tan simbólica conviva con portátiles que cualquiera podría haber tenido en su escritorio hace diez años. Pero precisamente esa familiaridad ayuda a entender la filosofía de diseño: si algo es estable, conocido y ha sido probado hasta la saciedad, es un buen candidato para ir al espacio.
Mientras tanto, los sistemas realmente críticos de Orion y del cohete SLS se apoyan en hardware endurecido frente a radiación, buses de datos redundantes y software específico con políticas de mantenimiento extremadamente estrictas. Los Surface Pro, en ese contexto, son la «capa humana» de la misión, la herramienta que acerca el día a día de los astronautas a lo que cualquier usuario europeo reconoce en su propio ordenador.
El curioso contraste entre tecnología punta —cohetes superpesados, cápsulas de última generación, comunicaciones de espacio profundo— y un portátil convertible de la era Windows 8 resume bien la lógica que impera en el sector aeroespacial: la seguridad y la fiabilidad mandan por encima del brillo de las especificaciones. Artemis II demuestra que, incluso cuando se trata de regresar a la Luna, a veces lo más sensato es confiar en máquinas que ya han demostrado de sobra de lo que son capaces.