- Google ha lanzado un satélite experimental con cuatro TPU Trillium para comprobar cómo se comportan sus chips de IA en órbita baja.
- Project Suncatcher estudia aprovechar la luz solar casi constante y probar refrigeración, radiación y comunicaciones entre satélites.
- Radiación, calor, basura espacial y costes de lanzamiento son los principales obstáculos para su viabilidad.
- Otras empresas exploran ideas similares, mientras Google prevé pruebas con enlaces láser.
Google ha dado un paso llamativo en su idea de sacar parte de la infraestructura de inteligencia artificial fuera del planeta. Un satélite experimental con chips TPU de la compañía ha viajado a la órbita baja terrestre para comprobar si estos procesadores pueden trabajar en condiciones muy distintas a las de un centro de datos convencional. La misión forma parte de Project Suncatcher, un plan que explora si el espacio puede convertirse en una ubicación viable para cargas de aprendizaje automático a gran escala.
El prototipo fue construido por Planet Labs y despegó en la misión compartida Transporter-18 de SpaceX, a bordo de un Falcon 9. Aunque no es todavía un centro de datos orbital, la prueba servirá para medir cómo resisten los chips el lanzamiento, la radiación, los cambios extremos de temperatura y los retos de refrigeración en el vacío. Google no es la única empresa interesada en esta carrera: SpaceX, Nvidia a través de Starcloud, OpenAI, xAI y la europea Mistral también han mostrado iniciativas relacionadas con cómputo o infraestructura de IA en el espacio.
Qué se está probando en esta primera fase
El satélite lleva cuatro unidades TPU Trillium, según las versiones coincidentes de varios medios tecnológicos. Su tamaño se ha comparado con el de una nevera y cuenta con paneles solares capaces de generar alrededor de un kilovatio. Debido a las limitaciones térmicas y energéticas, los procesadores se activarán en ráfagas cortas, de unos quince minutos, para no sobrecargar los sistemas del aparato.
Antes del despegue, los ingenieros sometieron al satélite a vibraciones en varios ejes para simular las sacudidas de un cohete. Los componentes pueden soportar fuerzas de entre 50 y 100 veces la gravedad terrestre, un entorno que obliga a reforzar el hardware. Google asegura que el prototipo superó esas pruebas y que ya ha establecido contacto con la nave, que estaría funcionando según lo previsto.
Radiación, calor y lanzamiento: los tres frentes técnicos

La empresa también ha realizado ensayos en tierra con haces de protones en el Crocker Nuclear Laboratory de la Universidad de California en Davis. Allí expuso sus TPU a una dosis de radiación superior a la que podrían acumular durante cinco años en órbita mientras ejecutaban tareas de IA. El resultado fue mejor de lo esperado, aunque pruebas posteriores detectaron un ligero aumento de errores lógicos al corregir el montaje experimental.
En condiciones normales de inferencia, esa tasa de fallos se mantiene muy baja, en torno a un error por millón. El problema sería mayor en entrenamientos masivos, donde miles de chips trabajan durante meses y cualquier fallo puede afectar al conjunto. Por eso, además de la radiación, Google estudia cómo disipar el calor sin aire: en el vacío espacial no hay ventiladores ni corrientes que ayuden a expulsar la energía térmica.
Para refrigerar los procesadores, el equipo prueba una combinación de tubos de calor y radiadores, sistemas ya evaluados en cámaras de vacío térmico. La misión permitirá comprobar si esa solución funciona en condiciones reales y qué ajustes necesita antes de pensar en satélites con decenas de chips TPU trabajando de forma conjunta.
La idea de fondo: una red de cómputo sobre la Tierra
El planteamiento de Project Suncatcher va mucho más allá de este prototipo. En órbitas sincronizadas con el Sol, los satélites podrían recibir luz de manera casi continua y, según los cálculos de Google, los paneles solares allí pueden producir hasta ocho veces más energía que una instalación equivalente en la Tierra. Esa abundancia energética es la principal razón para estudiar centros de datos de IA fuera del planeta.
La compañía imagina futuras agrupaciones de satélites equipados con decenas de TPU, capaces de trabajar de manera coordinada mediante enlaces ópticos de gran capacidad. El reto no está solo en los chips, sino en mantener comunicaciones rápidas y precisas entre plataformas que se mueven a gran velocidad. Para que esa red tenga sentido, la transmisión de datos tendría que pasar de enlaces lentos a larga distancia a conexiones mucho más rápidas y ajustadas.
El siguiente hito previsto es una demostración con dos satélites que intentarán comunicarse por láser, con una ventana de pruebas situada en 2027. Mantener ese enlace en movimiento exige una precisión enorme, comparable a acertar en una moneda desde varios kilómetros de distancia. Si la prueba sale bien, Google dispondrá de una base más sólida para seguir desarrollando su arquitectura orbital.
Competencia, costes y dudas sobre el modelo
La razón de fondo es que los centros de datos terrestres afrontan una presión creciente. Su consumo eléctrico se dispara por las cargas de inteligencia artificial y, en Europa, la Comisión Europea ha situado el gasto mundial del sector entre 415 y 485 teravatios hora, entre el 1,5% y el 2,5% de la electricidad mundial, una cifra que podría duplicarse hacia 2030. A esto se suma el rechazo vecinal que generan algunos macroproyectos por su impacto en la red eléctrica y en los recursos.
En esta carrera no está sola. SpaceX trabaja en satélites con GPU y planes de supercomputación orbital; Starcloud, respaldada por Nvidia, ha experimentado con modelos de IA desde el espacio; y la europea Mistral ha anunciado una alianza para desarrollar infraestructura satelital de IA. Google, OpenAI y xAI también siguen de cerca una idea que, de momento, depende de demostrar que el hardware sobrevive y que el negocio puede sostenerse.
La viabilidad económica pasa por abaratar los lanzamientos. Google calcula que el coste tendría que acercarse a unos 200 dólares por kilogramo hacia mediados de la próxima década para que la computación orbital pudiera competir con las alternativas terrestres. Esa meta exige cohetes reutilizables y un ritmo de vuelos muy superior al actual, además de resolver la refrigeración, el mantenimiento y la operación de equipos en un entorno hostil.
Tampoco faltan los reparos. Varios expertos advierten del riesgo de aumentar la basura espacial en la órbita baja, de la dificultad para reparar hardware averiado y del posible impacto de grandes constelaciones en la observación astronómica y la contaminación lumínica. Son obstáculos que no desaparecen por el hecho de que los chips hayan superado una primera prueba.
Esta incursión inicial de Google no convierte al satélite en una instalación de IA completa. Lo que se busca ahora es reunir datos reales sobre el comportamiento de los procesadores y de los sistemas de refrigeración. Si los resultados acompañan, la compañía tendrá argumentos para seguir explorando una red de satélites interconectados; si no, la idea de trasladar parte de la computación de IA al espacio seguirá siendo una promesa con muchos frentes abiertos.
